17 sep. 2009

CRISTÓBAL COLÓN SE MARCHA DE GÉNOVA

Cristóbal Colón Fontanarrosa (1451-1506). Dibujo: Néstor Taylor.

Era comienzos de 1474. El joven Cristóbal Colón tenía 23 años de edad y desde hace varios meses estaba cansado de ser agente vendedor de su padre. Odiaba caminar de pueblo en pueblo llevando tejidos, quesos y vinos para ganar una miseria. Pero recordaba que era peor cuando trabajaba en el taller fabricando paños día y noche.

— Mi abuelo y mi padre fueron tejedores, y nunca salieron de la pobreza —reflexionaba con amargura. Yo no seré un tejedor esclavizado por los grandes mercaderes, que pagan lo que les viene en gana.

La situación de los tejedores de paños era muy precaria desde la décadas de 1450 cuando los turcos le arrebataron a Génova casi todas las colonias del mar Egeo. Ahora las materias primas eran escasas y las ventas eran insignificantes.

— Tejedor nunca más —repetía convencido—, al menos como mercader puedo viajar y conocer nuevas ciudades. Lo mejor es cuando me embarco. Más que vender, a mi me gusta navegar.

Cristóbal Colón se había entusiasmado cuando un amigo le comentó que Nero Centurión, uno de los comerciantes más ricos de Génova, necesitaba marineros con urgencia, para sus naves que debían enrumbar a Portugal, Aragón y Castilla. La paga no era nada despreciable. Era su gran oportunidad, la vida en el mar lo había fascinado desde que tenía 14 años y viajaba con su padre a las ferias de todo Liguria.

— ¡No vayas, Cristóbal! —exclamó su padre Doménico al escucharlo— ¡Yo te necesito, eres mi hijo mayor, mi mano derecha!.

— Papá, como navegante ganaré mucho dinero, y podré ayudarles a pagar rápido todas las deudas. Además, mi hermano Bartolomeo ya está grande y te puede ayudar en los negocios.

Pero don Doménico no quiso escuchar más, y se fue recalcándole su total oposición. Su amorosa madre, doña Suzanna, con lágrimas en los ojos, le advirtió que la vida de marino era muy peligrosa, y muchos se convertían en borrachos y perdidos. Cristóbal le secó sus mejillas, y le prometió ser un navegante de los buenos, y siempre volver a Santo Stéfano, el viejo barrio genovés donde había nacido.

Al salir de su casa se quedó mirando varios segundos la Puerta de San Andrea, y pensó que tal vez nunca más la vuelva a ver. Por las estrechas calles de Génova se dirigió velozmente a la plaza San Siro, donde se hallaba la casa del acaudalado Nero Centurión, para enrolarse.

— Por fin, seré marinero, no pararé hasta ser un gran almirante —murmuró después de su inscripción.

El joven Cristóbal Colón sentía que tenía las fuerzas para recorrer todos los mares del mundo, hacer fortuna, y algún día ser más rico y poderoso que su nuevo patrón. Antes de dirigirse al muelle, ingresó a la iglesia de los Santos Apóstoles. Allí le suplicó a la Virgen María que proteja a sus padres y a sus hermanos Bartolomeo, Giácomo y la pequeña Bianchinetta. Cristóbal los amaba, pero estaba decidido a conquistar un destino de riqueza, gloria y honor.