28 mar. 2010

MI VIAJE A CHAVÍN DE HUÁNTAR

Arturo Gómez en la "Plaza circular hundida" del templo de Chavín de Huántar.


Mi viaje a Chavín de Huántar

Eran las Fiestas Patrias del año 2001 cuando el colega Martín Alama y yo decidimos visitar el famoso templo de Chavín de Huántar. No recuerdo en qué agencia viajamos a Huaraz, capital de la región Ancash, pero sí que en todo el trayecto pusieron vídeos de Sonia Morales, cantante ancashina que aún no eran tan popular como hoy. Llegamos a Huaraz en la mañana del 28 de julio y aprovechamos el día para conocer las principales calles y ferias de la ciudad. El 29, muy temprano, tomamos un bus rumbo a las ruinas de Chavín.

Después de un espectacular trayecto contemplando maravillosos paisajes andinos llegamos a nuestro destino. Ya era mediodía y almorzamos deliciosos cuyes fritos en un pequeño restaurante cercano al río Huachecsa. Era un día soleado y sin lluvia, típico de la sierra peruana en el mes de julio. El ingreso estaba a 10 soles por persona. Caminamos por un sendero que nos llevó a una antiquísima plaza cuadrangular y apareció frente a nosotros el gran “Castillo” o Templo Nuevo de Chavín. Nos detuvimos un momento disfrutando la vista y avanzamos tomando algunas fotos. Nos integramos a uno de los grupos que ya iniciaban el recorrido. Vimos el Altar de Choque Chinchay y luego apreciamos la Portada de las Falcónidas, donde había una ofrenda de flores en homenaje a don Marino González, protector de las ruinas durante cincuenta años, que unos días antes había fallecido.

Subimos a la parte superior del “Castillo” y por ahí ingresamos a varias galerías del templo. Caminábamos tocando sus viejas paredes de piedras, admirando sus techos de grandes lajas y fotografiando las Cabezas Clavas colocadas en algunos rincones. Notamos varios acueductos, ductos de ventilación y galerías clausuradas. Caminamos por algunos pasajes muy oscuros y escuchamos historias de turistas que desobedecieron a los guías y que nunca fueron encontrados. De pronto salimos por una escalinata y caminamos hacia el Templo Viejo, donde había un letrero que decía: “Galería del Lanzón”. Fue uno de los momentos más esperados. Caminamos por un pasaje cada vez más angosto cuando por fin vimos al Lanzón Monolítico, la piedra más famosa de la cultura Chavín. Fue emocionante ver el rostro del dios Jaguar, mostrando sus filudos colmillos, en la casa donde permanece incólume desde tres mil años atrás. Imaginamos a los sacerdotes de Chavín entregándoles ofrendas y haciendo misteriosos ritos en suelo sagrado que en esos momentos estábamos pisando.

Para quedar completamente satisfechos teníamos que ver la única Cabeza Clava que permanece en su lugar original desde el Horizonte Temprano. El guía nos llevó hacia el suroeste del Templo Nuevo. Muy cerca de la esquina, a unos 3 metros de altura estaba la famosa testa de piedra, enigmática y majestuosa; parecía sonreírnos agradecida por la visita. Antes de retirarnos le pedimos a una turista que nos tome una fotografía juntos, para perpetuar el inolvidable recorrido.

Al salir de las ruinas, el Sol todavía iluminaba y nos fuimos a descansar a orillas del cristalino río Huachecsa. Siempre me agrada recordar los instantes en que recostado sobre una gran piedra contemplé el cielo de Chavín, escuchando el sonido de las aguas que llegaban desde la Cordillera Blanca. Antes de que oscureciera fuimos a la plaza del pueblo de Chavín. Paseamos por los alrededores, para finalmente esperar un bus que nos traiga a Lima, lo malo es que todos venían llenos. Después de esperar más de una hora, por fin apareció un carro con dos asientos. Cruzando el puente sobre el río Huachecsa asomé por la ventana y me despedí del templo, confiando en un viaje tranquilo, pensando en la sonrisa del dios Jaguar de Chavín de Huántar.

Martín Alama y Arturo Gómez en el "Castillo" de Chavín. Al fondo los turistas aprecian la "Cabeza clava".