21 jun. 2010

EL DESCUBRIMIENTO DEL PERÚ

El descubrimiento del Perú

Dos meses estuvieron esperando en la Isla de la Gorgona Francisco Pizarro y doce de los "13 de la Fama". Por fin, en noviembre de 1527 apareció un navío con el piloto Bartolomé Ruiz, que traía como novedades la renuncia de Pedrarias a la Compañía del Levante y la autorización del gobernador Pedro de los Ríos para navegar cuatro meses más. De inmediato, Pizarro ordenó enrumbar hacia el sur confiando en descubrir por fin el reino fabuloso que tanto había soñado.

Después de veinte días de navegación pasaron por la Isla de Santa Clara y poco después avistaron la Isla de Puná, ambas frente a Guayaquil, en Ecuador. Cerca de Puná se encontraron con una flota de balsas tumbesinas, cuyos tripulantes saludaron amistosamente a los hispanos. Por medio de indio Felipillo los españoles pidieron conocer Tumbes y los balseros los guiaron hacia sus playas. Era diciembre de 1527, y Francisco Pizarro llegó por primera vez al país que hoy llamamos Perú.

Los tumbesinos (de la etnia Tallán) acogieron bien a los barbudos, incluso les enviaron alimentos a su navío. Un noble de origen cusqueño llegó con los regalos y fue cortesmente recibido por Pizarro, quien escuchó su invitación para conversar con el apunchic (gobernador incaico) en la ciudad.

Entonces, el jefe español envió al soldado Alonso de Molina y un esclavo guineo con regalos (un puerco, un gallo y cuatro gallinas) para el representante del Sapa Inca (Huayna Cápac) en la región. El apunchic y sus yanaconas (servidores) se sorprendieron con los cantos del gallo y, sobre todo, con el color de africano, a quien llevaron agua para que se pueda lavar y clarificar. Al regresar al barco, Molina describió lo hermosa, ordenada y rica que era la ciudad de Tumbes. Tenía grandes palacios, templos, depósitos y viviendas de piedra, con preciosos jardines irrigados por muchos canales. Además, su gente llevaba bellos adornos de oro y plata. Pizarro, incrédulo envió al griego Pedro de Candia, quien confirmó las maravillas que había relatado su compañero. Entonces, el capitán extremeño agradeció a Dios por el hallazgo y levó anclas para seguir explorando la costa norte del rico Tahuantinsuyo, el Imperio de los Incas. Continúa aquí >>